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HACIA SISTEMAS PÚBLICOS DE CUIDADOS EN LA REGIÓN ANDINA

 


Cuenta la historia popular que hace algunas décadas, un estudiante de la antropóloga estadounidense Margaret Mead le preguntó cuál sería la primera evidencia de civilización en la cultura antigua. Mead respondió que el primer signo de civilización fue un hueso que se rompió y que posteriormente sanó[1]. Es evidente que ningún animal con un hueso roto es capaz de sobrevivir por sí solo, pues no puede escapar del peligro ni buscar comida o agua. Entonces, un hueso roto y curado, es la evidencia de que alguien se quedó con esa persona, curó la herida, le llevó a un lugar seguro y le cuidó hasta que se recuperara. Cuidar a alguien que necesita de atención, marca, para Margaret Mead, el inicio de la civilización. Esta anécdota nos muestra la centralidad que tienen los cuidados para la vida y para la existencia misma de nuestras sociedades.

 

Pero ¿qué son los cuidados? La CEPAL define al trabajo de cuidados como aquellas “actividades destinadas al bienestar cotidiano de las personas, en diversos planos: material, económico, moral y emocional.”[2] Incluye la provisión de bienes esenciales para sostener la vida como la alimentación, la limpieza y el abrigo, entre otros.

 

En 1942, en el Informe Beveridge, el cual guió la política laboral británica de seguridad social, ya se reconocía expresamente el subsidio gratuito de las mujeres al sistema económico, señalando que “[...]la gran mayoría de las mujeres casadas se ocupan de un trabajo que resulta vital a pesar de que no se pague, trabajo sin el cual sus maridos no podrían realizar trabajo remunerado y sin el cual la nación no podría continuar”[3].

 

En esa línea, uno de los conceptos centrales en este análisis es el de la división sexual del trabajo. Este concepto desveló que las relaciones de género crean una distribución desigual de tareas entre varones y mujeres, fundamentada en supuestas cualidades y habilidades asociadas “naturalmente” a las mujeres y a los varones, siendo los cuidados, por supuesto, una de las tareas socialmente asignadas a las mujeres.

Las últimas encuestas del uso del tiempo nos muestran que en el Ecuador, las mujeres dedican tres veces más de tiempo al trabajo no remunerado del hogar que los varones.[4] Si tenemos en cuenta que, en la actualidad las mujeres realizan también trabajo asalariado, esto significa, en la práctica, una sobrecarga de trabajo para las mujeres, quienes además del trabajo “productivo” deben continuar sosteniendo las diversas labores reproductivas del hogar y de la comunidad.

La incorporación de las mujeres al mercado del trabajo significó, en una primera fase, una reducción de los matrimonios y un retraso en la edad para contraerlos, un alza en la tasa de divorcios y una baja en las tasas de fecundidad.[5]

 

Las respuestas estatales a esta problemática se pueden dividir en dos enfoques distintos: un enfoque familiarista ¾en el que las familias deben resolver la organización de los cuidados¾ y un enfoque hacia la “desfamiliarización” de los cuidados. Un ejemplo de esta última es Suecia, cuyo modelo es el más igualitario a nivel mundial. En vez de proporcionar “incentivos” económicos para que las mujeres vuelvan al hogar, Suecia instituyó políticas públicas que permitiesen a las mujeres trabajadoras ser madres sin tener que abandonar sus empleos, a través de un sistema público de cuidados (que incluye educación infantil, centros para adultos mayores y para personas con discapacidad). Esto permitió el inicio de una segunda fase en la que los divorcios dejaron de subir ¾e incluso decayeron¾ y las tasas de fecundidad aumentaron.[6]

 

Las conclusiones sobre el impacto de las políticas públicas en materia de cuidados son que, si queremos erradicar la desigualdad de género, los Estados deben invertir en Sistemas Nacionales, Públicos, Integrales de Cuidados. Al contrario, las políticas familiaristas o de “conciliación” destinadas a compensar a las mujeres para que pasen más tiempo en el hogar perpetúan el modelo de familia tradicional y, por ende, no ayudan a combatir la desigualdad de género.



[1] Milenio, El Fémur de Mead, 2020, disponible en: https://www.milenio.com/opinion/varios-autores/voces-ibero/el-femur-de-mead

[2] CEPAL, Sobre el cuidado y las políticas de cuidado, disponible en:  https://www.cepal.org/es/sobre-el-cuidado-y-las-politicas-de-cuidado

[3] CEPAL, ¿Qué Estado para qué igualdad? XI Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe, Santiago, Chile, 2010, pág. 11, disponible en: https://repositorio.cepal.org/bitstream/handle/11362/16556/1/S2010997_es.pdf

[4] El Comercio, Mujeres dedican tres veces más de tiempo a trabajo no remunerado que los hombres, según INEC, disponible en: https://www.elcomercio.com/actualidad/negocios/mujeres-actividades-remuneracion-hogar-inec.html

[5] María Pazos Morán. Contra el Patriarcado: Economía Feminista para una Sociedad Justa y Sostenible, Pamplona, 2018, pág. 54.

[6] María Pazos Morán. Contra el Patriarcado: Economía Feminista para una Sociedad Justa y Sostenible, Pamplona, 2018, pág. 66.

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